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LA VUELTA - IV___________________ Cuatro cuentos complementarios__________ Intentó desenterrar su infierno, fue una tarde miserable en Oslo, donde él nunca supo cómo llegó ni recordaba haber estado jamás. Se cortó las venas de las muñecas en una callejuela oscura y fue encontrado desangrándose por dos vagabundos aun conscientes. Tuvo mucho miedo esa vez, entre la urgencia de los paramédicos y el escándalo de las sirenas, en aquellos días de hospital en pleno otoño cuando parece que el mundo llega a su fin. A través de una ventana, detrás de su mórbido espejo, sediento, sin el líquido vital que dejó de fluir, el hedonismo partido sobre el granito. París quedaba en algún lugar fantasmagórico, entre fríos intensos, dolores desnudos y perversos haciéndolo retroceder hasta el fondo de los más inmundos callejones. Aquella ciudad, una vez amada, había sido la musa perversa que desechó sus pinturas, que se burlaba de sus versos y lo entregaba al montón de fantasmas y enemigos para que jugaran con su hambre y con sus miedos. Cuando llegó a Venezuela sabía que su suerte estaba echada, que ese último rumbo de la inteligencia, esa extrema lucidez desenmascarando triunfos y fracasos, belleza y horror, el espejo atravesado, luego de haber vacilado y sufrido en las estepas que lo rodean, donde aún lo consciente atormenta, para hallarse con los monstruos de la infancia, los pecados de la irreparable juventud, las miseria de la madurez, el vacío de la desesperanza. No había otro remedio, debía morir, encontrar el arma que sabía su padre guardaba en algún lugar de la casa. Buscarla en los ratos en que la tierra se pisaba. Había pasado más de un año, otro intento de suicidio cuando se tomó todos los medicamentos prescritos y arrepentido informó a su madre del hecho; los días de hospitalización, el lavado de estómago, unas semanas internado en el sanatorio del hospital, las visitas semanales al psiquiatra, la opresiva medicación diaria que lo sumía en un frenético sopor, temblores difíciles de controlar que lo mantenían extrañamente controlado. Recorrió la habitación de sus padres, pura obsesión, con sistemático cuidado, buscando el arma. Otros días buscando en las habitaciones cerradas de sus hermanos y hermanas, la cocina, el comedor,... La buscó incansable, era su única salida; por encima de todo, era la única ilusión que lo semejaba a los demás. Su soledad estaba convertida en un espacio absoluto o cuando menos inmenso entre él y cualquier otra persona, animal o cosa. El arma estaba allí, en alguna parte, y un buen día la encontró, el día que sentía que la locura quería llevárselo, despojarlo por completo de sí mismo; pero él prefería llevarse la vida por delante. Lo necesario con tal de destrozar ese lugar, el espejo amenazante, donde era conducido por una rebelión interior para enfrentarse a la angustia del total desalojo, de una indefensión convertida en la más triste verdad. Si cedía, el resto de su vida sufriría indefectiblemente, así le contaba a su único amigo; sufriría sin remedio y acabaría en un manicomio, olvidado por casi todos y, lo peor, por sí mismo. ¿Cuánto tiempo viviría siendo loco?,...No, moriría al día siguiente. Conrado está en el baño, cerrada la puerta sin cerrojo; lleva el pantalón, descalzo. Se mira y entra: la cavidad donde yacía el espejo se ahueca y lo atrae, como si lo inhalara, con muchísima fuerza. Su rostro se deforma, son los monstruos dándole miles de caras, colores psicodélicos que avanzan o destrozan; el arma en la mano los atemoriza. Conrado los ve palidecer, capta, en el fondo de todos, una risa sarcástica, fenomenal. Es frenesí, risa del hombre joven talentoso, el ingenioso ensayista destrozando al político ladrón, el diplomático consecuente, el pintor enamorado, el señor. El arma esta fuera del poder de la locura, deriva en pánico el desorden de los espectros, desencadena sonidos y graznidos desesperados. Desaparecen las paredes, los límites, la vida pasa mientras el arma entra en la boca, cuando se acomoda sobre la lengua sintiendo el calor del fondo de la boca... Una última vez alcanza a mirarse, a reconocerse entre aquella multitud que ruega piedad o insulta altiva... Se mira sin ninguna objeción, teme y el arma cede: dispara. La detonación resonó en todo el vecindario, habían vuelto las paredes del baño. La luz del mediodía continuaba.

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No hay ironía que haya costado más a los humanos Que la de escuchar atentos a un experto en política internacional Aquellos que dicen lo que va a ocurrir y cuando ocurre lo contrario -que es casi siempre- nos explican porque se equivocaron Y vuelven y nos cobran. Expertos desde sus puntos de vista Les importa menos o poco porque saben que la gente olvida Inventan razones que parece tráiler de ciencia ficción Justifican actos y decisiones consientes de estar lejos de las víctimas Ridiculizan las realidades al convertirlas en estadísticas y cifras rojas Pero no están sólo en esas tareas de enredar más las cabuyas Le siguen de cerca los expertos en finanzas y en educación E incluso, por delante galopando, tiene a los ecologistas.
Tres testimonios invaluables
HOY es un día de esos en que podría fumarme toda la marihuana del mundo para olvidar que existe un planeta llamado Tierra, donde una especie dominante ha creado un infierno para sí misma y para el resto de sus habitantes. Lo más increíble es que es la única especie sobre el planeta que dice saber de la existencia de seres superiores colmados de bondad y de un sentimiento especial, que denominan amor, por el cual pretenden absolver sus daños irreparables. Esta ha sido la semana más larga de mi vida entre las larguísimas semanas que he vivido en estos últimos años y especialmente en los últimos doce meses. la expectativa llena de sombras, de dudas, sobre si saldremos de la pesadilla comunista cuyos niveles de impunidad,corrupción, crueldad, vulgaridad y desprecio por el "otro" han colmado todas las posibilidades de ser peores, pero, sin embargo, siguen empeorando y dañando más cada día. Incluso cuando el presidente Guaidó, lleno de paciencia, exige el cese de la usurpación...