LA VUELTA - III__________ Cuatro cuentos complementarios__________
En el último tramo de la torre Eiffel, bajo una tormenta cerrada, Conrado sube hasta alcanzar el principio de la antena, se yergue cuando comienza a gritar todas sus verdades ya cansadas.
Sus inauditas decepciones, sus inconfesables temores, como si lo escuchara el mundo entero. Lanzado al vacío, iluminado por siete centellas brutales, vuela riendo, gritando sobre los campos de Marte. Acercándose tanto a la tierra que hermosos muchachos intentan atraparlo. Él les advierte que se alejen, su inmerecida maldición lo hace prohibido. Vuela incansable, desprendido hasta entrar en un relámpago que lo lanza a un abismo donde miles de edificios lo ven pasar como al viento gélido.
Al caer a tierra un oscuro túnel de metro lo recibe, la luz de una máquina lo apunta desde muy lejos, Conrado se levanta, comienza a correr lleno de pánico, corre desesperado durante un tiempo interminable.
Despierta sobresaltado, aullando, bañado en sudor. Su madre, en tono suave pero firme, intenta calmarlo. La mira y encuentra a una mujer de cabello blanco, cerca de los setenta años, bien vestida, atenta a servirle. No sabe, a ciencia cierta, quien es, tampoco le importa. Le recuerda de golpe a alguna vieja enfermera en Oslo, en pleno otoño, cuando veía sin mirar a través de la ventana en el piso para personas con trastornos mentales, sabiendo que la señora, ésta o aquella, lo observa.
Vuelve a las frías calles, otro atardecer desesperante. ¿Dónde dormirá? ¿con qué abrigarse? ¿Qué comer? Todas las preguntas machacando el resto de razón, atacándolo como a un animal del trópico despojado de su entorno, perseguido por mercenarios y carniceros. Atrapado en el fondo de una trampa fétida, oscura, con otros animales asustados que se agreden entre el pánico y el hambre.
La madre lo obliga a levantarse, lo deja vistiéndose mientras va por el desayuno, el padre pasa por el frente de la puerta para comunicarle que ya trajo la prensa. Conrado, frente al espejo de su baño privado, ve al altivo joven que se arregla para asistir a sus clases en la Universidad Central, Se afeita con sumo cuidado para no irritar su cuidada piel y mucho menos cortarse. Piensa, mientras esboza una irónica sonrisa, en lo que tiene preparado a los profesores del día, a tal o cual compañero... Empieza a sentirse culpable.
Aterrorizado ante la idea de los daños que pudo causar a aquellos y otros seres en los tiempos en que su lúcido y pulido sarcasmo los atacó sin tregua. Los ve a todos, a muchos, rodeándolo; les pide perdón, les súplica misericordia viendo como ellos van acumulando una pila descomunal de piedras. Él sabe que son para lapidarlo, cobrarle algo del mal que ha causado. Suplica que no lo hagan, que lo escuchen, aunque sabe que no tiene nada que alegar. Ve, en la alterada multitud, su propio rostro riéndose lujurioso de su cara de angustia, de su inmensa desgracia.
La señora del cabello blanco lo llama enérgica por su nombre, la mira lívido y un tanto agradecido. Afeitado y lavado puede tomar el desayuno. Cuando se dirige a la cocina lo comprende todo, la herida de esa soledad esteparia, trazada por el hambre, el frío, el miedo y esa mente atosigada de preguntas sin respuestas; ver el mundo desde allá, niñez, gloria y caída, ha sido irresistible para su voluntad. Los espectros, malignos, calcinados por sus actos, lo perseguirán para siempre.
La tarde anterior al día de su muerte, Conrado se consumía de nervios, corría, más que caminar, de un lado al otro del porche y fumaba en cámara rápida. Iba con su bata azul, clásica como su imagen, con sus lentes de asiduo lector, anegado en la urgencia del último acontecimiento válido en su vida. Corrió donde el único amigo que le quedaba en el mundo, su “marciano favorito”. Pero estaba tan ocupado y él tenía tanta prisa; cuando el amigo lo notó él ya iba de vuelta, pidiéndole que lo olvidara.
Al día siguiente se arregló como le gustaba, quizás algo más casual que de costumbre. Camino toda la mañana por ese asiduo porche donde ya había transcurrido más de un año desde su regreso. Fue universo, virtud y sequedad hasta ese mediodía cuando lo siguió siendo. Ese era el momento, ese día Conrado se suicidó. Dejó atrás y atónitos a todos; los espectros, acreedores y enemigos no podían creérselo. Quienes habían estado cerca lo sabían. El sol estaba tan bello sobre ese azul imposible de pintar donde las aves seguirían volando.
No hay ironía que haya costado más a los humanos Que la de escuchar atentos a un experto en política internacional Aquellos que dicen lo que va a ocurrir y cuando ocurre lo contrario -que es casi siempre- nos explican porque se equivocaron Y vuelven y nos cobran. Expertos desde sus puntos de vista Les importa menos o poco porque saben que la gente olvida Inventan razones que parece tráiler de ciencia ficción Justifican actos y decisiones consientes de estar lejos de las víctimas Ridiculizan las realidades al convertirlas en estadísticas y cifras rojas Pero no están sólo en esas tareas de enredar más las cabuyas Le siguen de cerca los expertos en finanzas y en educación E incluso, por delante galopando, tiene a los ecologistas.
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