LA VUELTA - II_______________Cuatro cuentos complementarios__________
Un frío mortal atraviesa los huesos de Conrado. Frente a su mirada atónita la gente camina apresurada buscando refugio en restaurantes y cafés mientras él se congela, por fuera y por dentro, en una solitaria banca de parque. Gris ese último pedazo de tarde frente a viejos y sucios edificios repletos de mendigos que padecen tanta intemperie como él. Sacude la cabeza y vuelve a la cálida terraza en los Andes venezolanos, lejos del frío de la cordillera, con un sol radiante que lo invita a estar descalzo y ligero de ropa. Ve el sol pero siente opresiva la densidad de la neblina; continua descalzo pero el implacable frío le atraviesa los huesos y le marca una extraña y fantasmal imagen en su alma.
Hace más de un año que regresó de Europa, deportado por el gobierno noruego luego de haber sido hallado con las muñecas cortadas, desangrándose, en un sucio callejón. Lo habían trasladado a un hospital, lo cuidaron con suma diligencia durante aquel tristísimo otoño para, finalmente, después de averiguar quién era, enviarlo a su país.
Horas enteras se van hasta terminar el día acompañado por el frío, la neblina, el pelotón de espectros enemigos, la soledad sobregirada cacheteando su estupor y la larga caminata, cada atardecer, acompañándolo hasta la casa de indigentes donde el refugio consiste en el calor de otros cuerpos hediondos y llenos, como él, de angustia y desesperación. Noches que parecían no tener fin despertando a una agudeza sensorial y metafísica desproporcionadas; clavándose contra aquella cruz antes pulida con diestra ironía, cubierta con flores, largos racimos de uva, amantes desenfrenados dándole todo el placer que reclamaba. Esa cruz revelada como el más cruel de los signos, mortificante, intransigente y, sobre todo, incapaz de dar tregua.
Se pasa la mano por la cara, gira distraído para tomar la taza de té que le ofrece su madre. Entiende, a duras penas, que sigue en la hermosa terraza; anocheció, pasadas las nueve, pero el clima es tan agradable como lo fue el resto del día.
Sorbiendo el brebaje que alguien le dio se detiene en una esquina de Montparnasse, observa una violenta riña de putas y un corrillo de borrachos incitándolas. Siente, además de temor, repulsión, demasiado frío; camina con la taza entre las manos por las calles más solitarias, evitando a los demás, hasta entrar en un callejón que ya lo reconoce.
Sentado bajo el ultimo dintel, detrás de un montón de chatarra intenta refugiarse en algún trozo de sí mismo, agotado se duerme. Su madre lo ayuda a prepararse para ir a la cama, le recuerda que su único amigo lo llevara al otro día a pasear a la montaña.
Conrado no responde, piensa en el arma que ocultan en algún lugar de la casa, piensa que su amigo debería ayudarlo a encontrarla. Se le ocurre que mejor no va a la montaña, podría quedarse en casa, pendiente de alguna salida de los padres para dedicarse a buscar el arma y mientras tanto leer uno de los tantos libros comenzados, la prensa que lo obsesiona con tantas malas noticias; escribir sobre esa actualidad que conoce demasiado bien o solo pintar para desenmascarar ese rictus enervante que es suyo y es ajeno.
Su madre le da las buenas noches, apaga la luz, cierra la puerta. Reflexiona en esa protegida oscuridad, seguirá buscando el arma, cuando la tenga se disparará en la boca. Y lo hizo, un mes después encontró el arma, tenía una sola bala; el fin era la salida, dejaría de ser el hazmerreír de sus temores, borraría su memoria y tiraría toda intención de resarcirse. La oscuridad de su boca, temblando, fue su única esperanza.
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