La Casa Útero_Laberinto
Vivo en la casa laberinto que conozco como a la palma de mi
mano. La ciudad comienza al cerrar la reja y caminar alejándome de ella. Mi
casa es un país donde se almacena el tiempo. Me conecto en la línea más remota
y decido compartir lo mejor de mí con las personas que voy encontrando. Es una
mínima cuota de participación social desde una visión positiva de compartir con
gusto y gratitud. Es como que el laberinto se disuelve y podemos compartir un
mínimo de nuestras monstruosas soledades adheridas por debajo de las pieles
maltratadas por la intemperie y los criminales.
Luego vuelvo a No ser y a Existir con una plenitud
perfectamente inútil, pero confortable y dulzona en medio del valle artificial
de lágrimas creadas por la maldad en estado humanoide. Me recojo en mi hogar
heredado, en mi refugio de arte y poesía. Me muevo con alegría ligera de causa
y efectos. Es una elección como resistencia útil y cotidiana frente al dolor y
el desarraigo de las mayorías.
He convertido la Quinta Lis, sin intención precisa, en una
forma laica y agnóstica de templo sangrante pero benevolente consigo mismo. Un
espacio para que sigan saltando las ardillas y cantando cientos de pájaros,
para que unos animales abandonados, consiguiera un lugar donde son amados. El
wabi sabi practicado con naturalidad, herencia materna compartida siempre; esa
energía imperceptible, tras el tráfago alimentado con vidas sin rostro, es
amorosamente considerado y sentido con la forma de las piedras, los conciertos
de las aves, los insectos siempre yendo y viniendo, las mariposas que aletean
sin importarles nada.
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