Humano
Utópico VII___
En Cuanto El Poema Es Cuerpo Pensamiento y Gesto
Desnudarse es una forma rítmica y
mítica de asumir el derecho a Ser por sobre todas las limitantes que durante
siglos los poderes sembraron en los pueblos sometidos. En base a estos principios incuestionables de Integridad y ética
universal, de respeto y gusto por las diferencias, de virtud y belleza como
espacios ideales del ser único y social, transcurren los derechos y sus
beneficios que sustentan los privilegios intangibles de hacer arte en cualquier
forma pero completamente desnudos como la más primigenia y hermosa manada
humana organizando su vida colectiva en una tribu cultural donde el verso
libre, la danza espontanea, la pincelada sobre el cuerpo, el humor negro o
sugestivo, los diestros malabares, el ritmo del cuerpo dentro del ula ula, las
guitarras, la armónica, el mimo, la fotografía como arte y como registro, todas
esas y otras formas de expresión apoyan esos derechos asumidos a través de
siglos de acción y reacción frente a la lerda y obcecada forma del Poder para
cargarse los derechos de los ciudadanos comunes y corrientes.


Desnudarse también significa
renunciar a la vergüenza impuesta, a los estúpidos cánones de belleza y peor
aún, al terrible significado de esos elogiados rasgos y cuerpos que pretenden
concluir como válidos. Mientras
autorizan el derecho de unos pocos de mostrar e incluso explotar de forma muy
rentable sus cuerpos, a otros, señalados como feos, se les niegan estos
naturales privilegios en nombre de una estética manipulada e impuesta a través
de los medios de comunicación y las mentes pegajosas de personajes desfasados
de la realidad de la mayoría. Queda claro para el nudista espontaneo –el
nudista creativo- que su gracia emerge de la seguridad que brinda prescindir de
los refugios del confort sin menoscabo de su integridad, al contrario,
reforzando principios saludables y equitativos frente al desalojo de la
realidad primordial en nombre de una sociedad artificiosa y necesitada como si
de seres idiotas se tratara.


Pero, más allá de todas esas
realidades y causas, la desnudes es la poética elemental y simultáneamente
esencial de los cuerpos. La identidad de cada uno queda libre de formas que la
moda inventa, de estatus forjados, de poses y distancias asumidas cómo
mecanismos de supervivencia social. El cuerpo adquiere la dimensión exacta de
sus formas y la postura y los gestos entregan una visión desmesurada de esa
persona que se desplaza frente al otro. La mente y el cuerpo parecen integrarse
hasta formas inescrutables de comportamiento. Hay dulzura en esa oportunidad de
compartir sin mordaza ni convencionalismos agotados pero usados a diario como
si no hubiese esperanza de avanzar más allá de los repetidos círculos de
supervivencia de animal domesticado. La Felicidad, por ejemplo, se puede pillar
como un elemento cotidiano. Porque la poesía que no se lanza a salvar el mundo
o a explicar sus misterios elementales -que el miedo y la vanidad magnificaron-
No le importa lo que se destruye; importa el instante construido como una
ficción inmediata y penetrada que se puede mirar, tocar o escuchar sin
complicadas interferencias. Se hace, de esa piel en contacto con los elementos
y esa creación espontánea y liberadora que indica que hay recurso íntimo para
evolucionar hacía una plenitud de la identidad humana, una superficie prístina
que deja ejercer una dicha creativa y participativa.
Me gusta esa sensación de
desnudes permanente que, debajo de las ropas informales que suelo usar, me hace
sentir a gusto con el paso de los años y la cantidad de fósiles, petroglifos,
huellas, recordatorios, formas irreconocibles o paisajes y amores inolvidables
que sobre mi piel construyeron este cuerpo siempre a punto de modificar algo
más. Lo he vivido como una lenta inexorable metamorfosis de sus formas, sus
capacidades, las que han mermado la juventud ávida y las que, desde su propia
naturaleza, han exudado misterios, haciéndolos cómplices felices de esas
intimas demencias con las que lo he sabido recompensar. Desnudarse frente al
mar, caminar la inmensa soledad de la península de Macanao, la llanura azul y
verde del hato Kavayape, las rumbas impenitentes del Durì en aquella Sabana
Grande donde solamente faltó bajarse así mismo _desnudo_ y atravesarla entre el
gentío festivo de la medianoche. Hacer el amor sobre las escalinatas de un
monumento histórico, completamente extasiados, desnudos por completo. Las playas de Oriente y el
mismísimo Mediterráneo, los parques de Valencia en los veranos exaltados
también fueron testigos de esa verdad del cuerpo que busca la intensidad del
sol y la imaginación insubordinada de las madrugadas a fuego lento.
Desnudarse, lo sé, es –más allá
de los significados- un gesto monumental de simplicidad en este mundo de
complicaciones y montañas de códigos y normas por derrumbar; más todavía si
queremos cambiar algo de todo el inmenso malestar que la humanidad viene
acumulando/padeciendo sin remedio posible. Cuando me desnudo en un Humano
Utópico reafirmo esa aparentemente débil devoción por este cuerpo menudo que me
ha colmado de emociones y expectativas que incluso todavía no dejan de
sorprenderme. Me siento feliz de ver a todas esas personas jóvenes y
entusiastas dispuestas a modificar conductas, romper tabús, ampliar horizontes
y resolver conflictos internos que, muchas veces, no son más que pequeñitos
complejos heredados o adquiridos en la secuencia estúpida de los
convencionalismos, siempre persistiendo en su intención de arrear hacia los
mismos abismos. Las metamorfosis crecen sobre los descubrimientos de las
sencillas –contundentes- utopías.
Desnudes al margen de los
curiosos y nefastos comportamientos oficiales –incluso sociales- vendiéndonos
una cultura que parece intentar regular las posibilidades de expandirnos más allá
de mediáticas y abusadas literaturas, posturas y usos repetidos que manipulan sutil
o descaradamente las necesidades de la gente. Ofreciendo el mismo repertorio
–estancado- que nos hace “criollos”, “modernos”, “universales”, “folclóricos” y
finalmente y sin comillas, sumisos pensantes perezosos o codificados
previamente sin que parezca ser así. Usan abundante falsa moral, similar a la
que critican con tanto ardor, para convencernos que la belleza de las artes y
la mediocre bondad de las telenovelas coinciden en alguna parte del cuento
programado. Desnudes de los cuerpos que van más allá de esas previsiones
políticamente útiles para libertarnos, nombrados solamente por la fuerza que
nos obliga a seguir adelante, y ser nosotros mismos.
De nuevo retomo la
voluntad utópica descabellada del desnudo, sentida en la hondura de lo que
realmente somos, allá, donde podemos descolgarnos y dejar de preguntarnos
cantidad de inútiles dudas a cambio de la elemental certeza de la totalidad de
los instantes, de esos cuerpos que solamente necesitan ser amados y vividos en
su plenitud desnuda.





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